lunes, 9 de abril de 2012

UNED y los 50 años de "La ciudad y los perros"




Desde la primera vez que la leí y hasta hace unos días cuando volví a leerla, motivado por una charla a la que asistí, aún sigo encontrando ciertas claves que se me escaparon de alguna lectura anterior: cuadros, escenas, cruces de diálogos, pistas para entender un poco más a los personajes, y sigo admirando la destreza narrativa de Vargas Llosa.
El Jaguar, Alberto, el Esclavo, Cava, el teniente, Teresita, cada uno de ellos tiene la identidad suficiente para seguir existiendo 50 años después, tan vitales como al principio.
Confieso que he leído más veces “Conversación en la Catedral”, y que he usado esa novela casi como un manual para la creación narrativa. No obstante, la publicación de “La ciudad y los perros” – lo sabemos bien – marcó un antes y un después dentro de la narrativa contemporánea latinoamericana.
Quienes escribieron después, tanto los que se declararon sus seguidores y hasta sus necesarios detractores, deberán aceptar que el oficio narrativo tuvo un punto de quiebre a partir de esta novela.
Que este aniversario sea una buena oportunidad para reencontrarse con esa portentosa primera etapa creativa del Vargas Llosa, y que más allá de todas las discrepancias que algunos han jurado mantener, hablemos principalmente del gran escritor.

Los dejo con un video que grabé cuando asistí a una charla organizada por la UNED, dirigida en el Perú por Ana María García. No está muy bueno, porque estaba más concentrado en lo que decía Américo Murugarra; pero al menos es mi primer aporte aunándome a estas celebraciones por los cincuenta años de la novela

domingo, 1 de abril de 2012

1er Festival Internacional de Poesía en Lima - Nos visitó Ledo Ivo

No he podido hablar mucho del reciente Festival Internacional de Poesía que se viene desarrollando en Lima con la participación de más de 25 países. Un evento formidable que está siendo medianamente promovido. Mi hija, que asistió al Festival el primer día, en las instalaciones del MALI, salió grata impresionada y con un par de libros de obsequio que está leyendo con fascinación. Al día siguiente estuve en el bar Queirolo para seguir con la jornada y, aunque vi poco, pues estaba repleto, si sentí ese atmósfera particular que resulta de la combinación del licor (de toda calidad), el cigarrillo y las palabras en forma de poesía.
Los dejo con un poema del excelente Ledo Ivo, gran poeta que mientras más años tiene, se hace más vital y profundo.



Ledo Ivo

Los pobres viajan. En la estación de autobuses

levantan los pescuezos como gansos para mirar

los letreros del autobús.Sus miradas

son de quien teme perder alguna cosa:

la maleta que guarda un radio de pilas y una chaqueta

que tiene el color del frío en un día sin sueños,

el sandwich de mortadela en el fondo de la mochila,

y el sol del suburbio y polvo más allá de los viaductos.

Entre el rumor de los alto-parlantes y el traqueteo de los autobuses

temen perder su propio viaje

escondido en la neblina de los horarios.

Los que dormitan en las bancas despiertan asustados,

aunque las pesadillas sean un privilegio

de los que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas

en consultorios asépticos como el algodón que tapa

la nariz de los muertos.

En las filas los pobres asumen un aire grave

que une temor, impaciencia y sumisión.

¡Qué grotesco son los pobres! ¡Y cómo molestan sus olores aun a la distancia!

No tienen la noción de los conveniente, no saben portarse en público.

El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado

que del sueño retuvo apenas la legaña.

Del seno caído e hinchado un hilillo de leche

escurre hacia la pequeña boca habituada al lloriqueo.

En los andenes van y vienen, saltan y

aseguran maletas y paquetes,

hacen preguntas impertinentes en las ventanillas, susurran palabras misteriosas

y contemplan las portadas de las revistas con aire espantado

de quien no sabe el camino del salón de la vida.

¿Por qué ese ir y venir? ¿Y esas ropas extravagantes,

esos amarillos de aceite de dendé que lastiman la vista delicada

del viajero obligado a soportar tantos olores incómodos,

y esos rojos chillantes de feria y parque de diversiones?

Los pobres no saben viajar ni saben vestirse.

Tampoco saben vivir: no tienen noción del confort

aunque algunos de ellos tengan hasta televisión.

Verdaderamente los pobres no saben ni morir.

(Tienen casi siempre una muerte fea y de mal gusto)

Y en cualquier lugar del mundo molestan,

viajeros inoportunos que ocupan nuestros lugares

aun cuando vayamos sentados y ellos viajen de pie.


miércoles, 28 de marzo de 2012

Pepe San Martín premiado por ilustración para Juegos Olímpicos de Londres



Siempre es grato celebrar el éxito de los compatriotas. Aunque a veces no se tiene el placer de conocerlos, siempre hay un espíritu solidario con su triunfo. Ahora bien, es mucho más placentero celebrar el reconocimiento al talento de los amigos.

En este caso, me alegra enormemente postear el reciente logro de Pepe San Martín quien acaba de obtener un importante tercer puesto en el Internationale Sportcartoonale Zemst, Bélgica por la ilustración referida a los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

Pepe San Martín es un genial artista gráfico bastante discreto, y, quizás, hasta tímido, pero que se vuelve locuaz cuando se comunica a través de sus imágenes.

La reciente presentación gráfica de Pepe titulada “Desde tu alma”, que ha estado recorriendo algunas galerías del país, son apenas una muestra de su talento y de su visión crítica del hombre contemporáneo y su descuido para con el medio ambiente.

Felicitaciones, Pepe.

lunes, 19 de marzo de 2012

CUANDO ALGUIEN HABLA MAL DE LO PERUANO


CUIDADO CON LA INTOLERANCIA SI ALGUIEN DISCREPA DE NUESTRAS IDEAS

Esta nota viene a propósito de un reciente artículo en donde se critica el pesimismo en la poesía del vate peruano César Vallejo. Para ser más preciso, se lamenta esa letanía derrotista en su obra y que - copia fiel - tanto daño le hizo al país. Aunque, vale la pena aclarar que el artículo en cuestión no pone en entredicho la valía del poeta, sino tan solo sus mensajes cargados de pesimismo. Todo esto en el marco de las celebraciones por los ciento veinte años del nacimiento de poeta.

Como era de suponerse, se armó la grande y, una vez más, se desataron los espíritus de la furia y de la intransigencia. Las redes sociales se agitaron y se levantó una tremenda polvareda. Alguien había atacado a un ícono de la literatura peruana. Para redondear la faena, Diego de la Torre - que así se llama el autor de la nota - no solo vapuleó el pesimismo de Vallejo, sino que incluyó también al cuentista Julio Ramón Ribeyro, a quien acusó de que sus cuentos fueran una tentación del fracaso.

Tratando de ser objetivo, De la Torre trató de criticar el mensaje negativo que proyectaban las obras de ambos autores, pero sin tocar su calidad narrativa. Mejor dicho, la obra de estos escritores es buena, pero han dejado un relente de derrotismo que podría haber contribuido a esa desmoralización del peruano: sensación que nos acompañó por tantas décadas, y que ahora - se indica con entusiasmo - por fin se ha remontado para suerte nuestra. Complicado intento el de este crítico, intento fallido que le ha significado una azarosa fama y una mentada de toda su parentela.

Ahora bien, de otro lado, salvo alguno que otro interesante argumento discrepante, las respuestas - ya sea en las redes sociales o en los medios de comunicación convencionales - fueron una retahíla de insultos y negaciones obtusas.

Ahora que se han tranquilizado las aguas, me queda una pregunta:¿Tenía derecho De la Torre de atreverse a tocar a algunos de nuestros escritores con proyección internacional? Y ¿Hacerlo justo ahora que pareciera que el presente nos hace gratos guiños y que el futuro nos sonríe?

Yo creo que sí, que tenía todo el derecho de disentir, y los demás, de discrepar de tales afirmaciones. Una manera de medir la solidez de nuestras ideas es contrastarla con las que se oponen. Lo recomendable es demostrar con argumentos la fortaleza de nuestras ideas. Esa es una saludable manera de comprobar nuestra verdad. Sin embargo - por lo que leo en estos días - no lo hemos comprendido aún y seguimos entrampados entre la intransigencia, el encolerizamiento, y poco dados a la discusión de las ideas. Ya había un antecedente cercano cuando al escritor Ivan Tahys se le ocurrió opinar en negativo sobre el boom de la gastronomía peruana. Le cayó tal granizada de insultos que el propio Gastón Acurio – señor del florecimiento de la gastronomía peruana contemporánea – tuvo que intervenir para frenar el atropello verbal y recordarles a todos los furibundos que una crítica debe ser procesada porque en muchos casos te permite ver el tema desde otro ángulo.

También creo que la conjetura de Diego de la Torre sobre Vallejo está equivocada, porque no se puede valorar el contenido de una obra fuera de su contexto temporal y social. Además, la sola idea de que la proyección de una obra artística deba limitarse para no dar un mensaje negativo es, en sí misma, una aberración. El único compromiso de un artista es con la calidad de su propia obra y la honestidad con su punto de vista.

No es posible, ni aceptable que todos estemos de acuerdo. La discrepancia es un requerimiento en la construcción de las ideas. Como muchos peruanos, estoy feliz de esta nueva etapa en la que el país parecer haber entrado de lleno. Aliviado de que los peruanos de ahora no parafraseen la frase aciaga de una novela de los años sesenta: ¿Cuando se jodió el Perú?. Alegre de que los peruanos del presente estén inflamados de de un justo optimismo. No obstante, no comparto la idea de crucificar a todo aquel que discrepe de este optimismo. Hay una sola manera de demostrar nuestra verdad, discutiendo las ideas sin destruir al individuo.

sábado, 25 de febrero de 2012

MI PADRE HA MUERTO

Mi padre ha muerto. A los ochenta años. Y como todo ser humano, su vida fue la suma de sus aciertos y de sus errores. No siempre me llevé bien con él y no siempre me llevé mal con él. Pero siempre lo quise, aun cuando a veces sentí que no lo quería porque en mi niñez creía que un padre tenía que ser un ser perfecto que nunca fallara y, como tenía que ser, mi papá falló. Claro, luego fue simplemente la vida la que a golpes me enseñó sobre mi tremenda estupidez: papá fue nada más y nada menos que un hombre tan grande como todo padre.

Mi padre ha muerto en casa. Me dicen que la vida se le fue apagando el día de ayer por la tarde, como una vela cuya cera se acaba lenta, pero inexorablemente. No pude verlo en esos momentos y mis hermanos me dicen que mientras llevaban su cuerpo al hospital, con lo último de vida que la quedaba, él tenía la tenue pincelada de una sonrisa. Si fue así, lo entiendo. Era evidente que quería descansar porque su cuerpo se había deteriorado asolado por un galopante envejecimiento.

Después de la noticia, no he tenido ganas de hablar mucho. Solo un par de llamadas y luego dejé el teléfono por allí. En momentos como este, a veces me porto como un animal chúcaro que no sabe qué hacer, ni que decir, y simplemente me ensimismo. Todavía me alcanzó para dictar un par de clases, y luego, simplemente he querido estar solo para rebuscar en mis recuerdos todos los retazos que me permitieran reencontrarme con él. Papá una tarde en el parque corriendo tras una pelota, agitado, sudoroso; papá llegando tarde del trabajo y con tiempo y fuerzas para arropar discretamente a sus hijos; papá portándose como un estúpido porque se le habían pasado las copas, una y otra vez; papá cabeceando junto a mi cama vigilando mi convalecencia mientras las primeras luces de la mañana entraban por la ventana; papá convertido en un puma al que le tuvimos tanto miedo porque en ciertos momentos era solo una bestia acezante. Luego, papá ya perdido entre las nieblas de su vejez, sentado en la puerta de la casa sonriendo solo para mí cuando llegaba a su casa de visita. Y ahora, papá encapsulado dentro de ese cajón, entre cuatro candelabros. Pero, claro, ya no es él: es tan solo un cuerpo inerte que casi no tiene nada que ver con ese otro hombre que, sobreponiéndose a sus propias debilidades, logró sacar adelante a un puñado de hijos básicamente sanos y felices.

Descansa, papá. Gracias por todo.

jueves, 24 de febrero de 2011

Apuntes sobre el acto de escribir

La primera vez que escribí un cuento fue un acto espontáneo que me atrapó por varias horas y de la que salí agotado, sorprendido y, por supuesto, feliz después de haber colocado el punto final. El vapor de esa experiencia vertiginosa me alcanzó todavía para algunos cuentos más.
Pero mi vida feliz de adolescente escritor en ciernes terminó a los pocos días, cuando volví a mis primeros cuentos terminados para darles algunos toques finales y, también, por qué no, lo confieso, para simplemente para sentirme feliz leyéndolos. Digo que la vida feliz terminó porque mientras iba releyendo esos cuentos, que me habían estremecido cuando los escribía, en ese nuevo momento más bien iba encontrándoles imperdonables errores, incongruencias de las que no me había percatado la primera vez cuando la escritura era, sobre todo, un arrebato divino.
Me quedé por un largo rato abochornado y sin ganas ni de hablarme. La brecha entre lo que había querido contar y lo que aparecía en el papel era, en verdad, abismal. En otros casos, no era solo eso, sino que las mismas historias que, inicialmente, me habían parecido sugestivas, para entonces me parecían insulsas y vergonzosas.
Entonces se fueron al tacho las vidas amorosas de Michael y Katherine porque se parecían demasiado a una telenovela que había estado mirando por culpa de mi mamá. Hice pedazos el original y las dos copias en papel carbón en donde narraba la miseria de un niño pobre. La verdad, más que pena, el personaje incitaba desprecio porque su vida parecía el argumento de una película hindú de esas que aún daban en el cine Tacna de aquellos tiempos. Solo sobrevivió a la masacre El alfa y el omega de un amor, que era la historia de la bella Diana que, en el fondo era Isabel, mi primer amor. No tuve corazón para romper aquella mala historia porque aún tenía la esperanza de que Isabel regresara a mi vida, igualito que lo hacía Diana en la parte final del cuento.
Tal vez desde aquella época, la escritura se volvió un acto muy difícil, se convirtió en una batalla de la que no siempre salía bien librado. Había entendido que un cuento, así como una novela o una obra de teatro, no era el resultado de un acto espontáneo o de un arrebato estimulado por las musas. Era el producto que se obtenía después de arduo trabajo de composición en donde había que mezclar en exactas proporciones las palabras y lo hechos de manera que alcanzara una forma sólida y que lograra una existencia verosímil más allá de las subjetividades de su autor.
Después, el destino de una historia ya depende de otras razones. Por ejemplo, de la posibilidad de darlo a conocer, y aun así, si pudieras darlo a conocer, la consolidación de esa historia está sujeta a muchas otras variables. No obstante, para un escritor lo primordial es haberle dado al relato el suficiente carácter como para que tenga la personalidad suficiente de moverse en el mundo por su cuenta. Digo - haciendo una trillada comparación - un cuento ha de ser como un hijo que seguro tiene mucho de ti, pero que a la vez, alcanza a ser alguien distinto de ti.

Por cierto, soy un escritor que ha escrito muy poco, mis más queridos amigos pregonan que soy un flojo escritor, y tienen razón, pero las razones por las que no he hecho de la literatura una exclusividad en mi vida ya será motivo de otro post.


martes, 22 de febrero de 2011

Marco Marcos habla sobre la Nueva gramática de la lengua española


Como tenía que ser, las propuestas de la nueva Ortografía de la lengua española editada a fines de diciembre han llegado a mi mesa de trabajo en un impactante libro de más de 600 páginas. Menuda tarea la que me toca por estas semanas porque la introducción del libro avisa que más que innovaciones, hay explicaciones sobre el porqué de tales y cuales las reglas que, en la edición anterior, carecían precisamente de explicación. Ni modo, habrá que leerlo con la calma y la atención suficiente.

No obstante, como los males no vienen solos, resulta que paralelamente a la nueva Ortografía de la lengua española, me ha alcanzado una tarea que venía escamoteando desde hacía algunos meses: la lectura de la Nueva gramática de la lengua española cuya edición principal sobrepasa las dos mil páginas. Existe otra un tanto más comprimida, pero igual de farragosa. Incluso, hay una más comprimida y más barata a la que solo faltaría ponerle gramática para dummies según algunos antipáticos entendidos. No importa, a mí me parece válida esta última edición comprimida con tapa de cartón bastante delgado.
No me atrevería a aseverar que todo escritor debe informarse sobre las recientes modificaciones ortográficas. Después de todo, hay escritores que piensan que la grandeza de sus trabajos está en la irreverencia de sus construcciones gramaticales y en el desacato a las reglas ortográficas. No obstante, pienso que todo acto de reconstrucción (verbal en este caso) implica un previo conocimiento de las propuestas anteriores. Aquellas construcciones verbales que esconden sus desaciertos con la excusa de estar innovando me parecen, más bien, obras de poca solidez y de ninguna trascendencia salvo para el propio creador encerrado en su insulsa vanidad.
Sin embargo, si entendería por completo a quienes se excusen de darle una mirada a la Nueva gramática del español que, eso sí, a pesar de las interesantes propuestas de análisis gramatical que me va insinuando, pienso que debe ser un plomo sobre la cabeza para quien no le llame la atención la descripción de las estructuras gramaticales. En mi caso debo leerlo, sin más excusas, porque una parte de mi vida la ocupa la enseñanza de cursos de redacción, y, ni modo, habrá que enfrentar al toro.
Es dentro de este contexto de atmósfera morfológico sintáctico que encuentro unos datos interesantes, tanto sobre la Nueva gramática del español, como sobre los peruanos que participaron en su redacción, así como la historia de nuestra Academia Peruana de la Lengua. Todo esto en boca del presidente de la Academia, el querido profesor y poeta Marco Martos.


miércoles, 9 de febrero de 2011

La ortografía y el amor

Recuerdo que del primer cuento que envié a un concurso literario (original y tres copias, con seudónimo, y correctamente foliados), una copia me fue devuelta luego de que se conocieran los resultados. Por supuesto que no gané ni siquiera una mención. Les menciono la anécdota, más bien, para destacar la calidad docente de algún miembro del jurado que se había tomado el trabajo de señalarme todos los errores de ortografía que debilitaban mi cuento. Los había señalado con un plumoncillo rojo, y eran tantos, que las hojas parecían sangrar.
Desde allí, mucha agua ha pasado bajo el puente; no obstante, aprendí la lección: la fallas de ortografía también son fallas de creación. Sin embargo, no tengo una ortografía perfecta, y no la tengo porque trabajo sobre una lengua tan viva y palpitante como el castellano, y esta dinámica de la lengua hace que nada sea constante, que sus normas ortográficas estén sometidas a una constante evaluación, que cada cierto tiempo caiga un bombazo normativo que altera lo aprendido, y que, muchas veces, no se pueda recusarlas porque parecen modificaciones evidentes que tenían que hacerse. Claro, no siempre es así. Por ejemplo, ahora se ha armado la grande por la supresión de la tilde sobre la palabra guion dado que ha sido decretado solo como monosílabo. A algunos amigos españoles les parece inadmisible no pronunciar dicha palabra como bisílabo gui-on y, por lo tanto ponerle su tilde de aguda.
No obstante, entre esas idas y venidas, hay un principio llamado norma estándar que es como un fuerte que aguanta el vendaval de los cambios hasta que, definitivamente, deban cambiar.
Decía todo esto - y ya me estaba yendo por las ramas - a propósito de un tierno artículo escrito por Leila Macor que encontré en Castellano.org. Un artículo en donde nos habla de los puntos y comas y las tildes y las categorías gramaticales, pero dentro de un contexto gratamente emotivo. Cuando puedan, lean el artículo completo. Les dejo el enlace y un fragmento del artículo.

LA PUNTUACIÓN, LA SINTAXIS Y EL AMOR

Siempre que pongo un punto y coma sonrío. Me acuerdo de un amigo de mi hermano, a quien yo amaba como loca en mi adolescencia, que dijo una vez que un verdadero escritor se reconoce porque sabe usar el punto y coma. Por supuesto comencé a usar frenéticamente el punto y coma, aunque él nunca se dio cuenta de mi pericia puntuadora. Luego, en el colegio, escribía parodias de los poemas que estudiábamos en la clase de Literatura y las pegaba en la cartelera del salón, sólo para ver reír al chico del fondo que me gustaba y que no me hacía el menor caso, excepto cuando leía aquellas burlas gracias a las cuales yo existía un poquito para él. Me enamoré después de un hippie. En consecuencia, un ejército de gnomos, hadas y plagiados cronopios tomó por asalto mis cuadernos, que por fortuna hice desaparecer de la faz de la Tierra. Mi primer novio leía a Nietzsche: en aquel tiempo escribí herméticamente versos oscuros sobre simbólicas tarántulas que hoy día no consigo entender (y creo que en aquel momento tampoco).

El siguiente fue un poeta para quien el punto y coma era tan feo e inelegante como una factura de la luz, los dos puntos un recurso vulgar destinado a un recetario de cocina y los paréntesis una trampa que esconde la incapacidad expresiva del escritor. Así que punto y coma, dos puntos y paréntesis quedaron proscritos de mi escritura durante un par de años. Sólo después de mucho esfuerzo los logré reincorporar. Algunos de los hombres que me gustaron no eran lectores y simplifiqué mis textos; otros eran intelectuales y entonces los academicé, llenándolos de citas de Heidegger y Schopenhauer que tomaba prestadas de mi agenda. Una vez me enamoré de uno que amaba las oraciones cortas y las sentencias desadjetivadas; poco después me enamoré de otro que prefería el barroquismo y las descripciones delirantes: salté de Carver a Carpentier como quien cruza la calle. Después tuve un novio fanático de Rimbaud y de Baudelaire y yo me puse por tanto agresiva y negativa.


viernes, 4 de febrero de 2011

Los mandamientos para escribir cuentos, según Fernando Ampuero

Encuentro una interesante nota sobre el cuento en la revista Eñe que vale la pena rebotar en este blog. El escritor Fernando Ampuero compartió sus mandamientos sobre el cuento con los lectores de la revista. No dejó diez, sino doce, algo así como un dodecálogo. Aun cuando voy a dejarles el enlace para que lo lean a sus anchas, quiero anotar algunos que, a primera vista, llamaron mi atención.

"Los cuentos empiezan siempre con un sobresalto, gracias a algo (o alguien) que me deslumbra repentinamente, ya sea en medio de una charla de amigos o mientras conduzco el auto, solo y en silencio…"

Muchas veces - agrego yo - como un fogonazo, como una alucinación que ya no te deja en paz hasta comenzar a trabajar la historia. Claro, de allí terminar de escribirlo hay un largo trecho por recorrer

No me basta escribir correctamente. Las bibliotecas del mundo están repletas de libros «bien escritos». Necesito añadir algo más. Todo escritor tiene que descubrir en qué consiste ese añadido.

De acuerdo, un buen cuento es mucho más que una correcta redacción. Un buen cuento es esa grata coincidencia entre un tema y una original forma de contarlo.

"Escribo a diario. Y corrijo a diario. «Con resaca o sin resaca», tal como confesaba Hemingway acerca de este oficio de hechiceros".

¡Auch! Qué envidia, Fernando. Si te levantas pensando en escribir y lo haces, y antes de dormir sigues pensando en escribir, y de pronto, te arrebatas y lo haces: es que eres escritor. Algo así decía Rainer María Rilke.

En fin, denle una mirada completa al dodecálogo en el enlace de la revista Eñe. Y antes de terminar, anoto al paso algunos mandamientos que me impactaron sobre el cuento, escritos por otros autores. Por ejemplo, el gran Horacio Quiroga dijo:

"No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas".

"Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea".

Y de Edgar Allan Poe – aun cuando hay dudas sobre la autoría de tal decálogo – se dice que dijo:

"La mayoría de nuestros cuentistas parecen empezar sus relatos sin saber cómo van a terminar; y, por lo general, sus finales parecen haber olvidado sus comienzos"

"En la manera habitual de estructurar un relato se comete un error radical... El autor se pone a combinar acontecimientos sorprendentes que constituyen la base de su narración, y se promete llenar con descripciones, diálogos o comentarios personales todos los huecos que a cada página puedan aparecer en los hechos... Por mi parte, prefiero comenzar con el análisis de un efecto. Me digo en primer lugar: de entre los innumerables efectos de que son susceptibles el corazón, el intelecto o el alma, ¿cuál elegiré en esta ocasión?"

·

lunes, 31 de enero de 2011

Cuento de Rocío Silva Santisteban

Rocío Silva Santisteban, talentosa poetisa y narradora, crítica serena de la literatura peruana, periodista de largo ejercicio quien, desde hace un buen tiempo, escribe la ya mítica Kolumna Okupa. Seguidora del acontecer nacional que, como ciudadana, asume sus responsabilidades y por ello ahora se desempeña como Secretaria de Ejecutiva de la Coordinadora de Derechos Humanos (CNDDHH).
Ella me ha permitido publicar un cuento suyo en el blog Escritores Peruanos Contemporáneos y, así, enriquecer la enorme lista de escritores que vienen conformando dicha antología. Los invito a leer un fragmento aquí, y continuar con la lectura todo el relato en la página correspondiente.


EL ESPANTAJO

Mátala— dijo el Espantajo, casi susurrando, acezando, con los dientes apretados, la voz muy dura pero con un tono disipado, deletreando, poniendo énfasis en la “a” del final que redondeaba abriendo los labios cuanto pudiera.

—Mátalaaaaaaa.

Galaor se lanzó con toda la fuerza de su cuerpo formado para la cacería. Primero inclinó el peso hacia adelante, las patas se agazaparon flexibles; en un instante, con un zarpazo rápido, logró coger a la paloma antes de que inicie la huida y le metió un mordisco en la parte más carnosa del cuerpo. Movió la cabeza con violencia, primero hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Con otro par de movimientos iguales pudo controlar el pequeño cuerpo mientras caían algunas plumas desde los dientes. La paloma dejó de oponer resistencia. Galaor entonces abrió la boca y la volvió a cerrar, se acercó hacia el Espantajo y dejó caer a la paloma sobre sus botas. Era un amasijo de plumas y baba, apenas se adivinaba la cabeza del animal, los ojos abiertos, como disecados.

— Buena— le dijo el chico al animal, acariciando el pelaje naranja que llevaba sobre el lomo, mientras dejaba suelta la mirada sobre la paloma tendida en la vereda.

El chico sonrió sin ganas y empezó a caminar junto al perro dejando atrás el juego de la cacería inútil.

—Maldito— se escuchó desde el otro lado del parque.

El Espantajo se sacó la cadena que llevaba a la cintura y Galaor paró en seco, olfateando el aire. Una mirada verde se deslizó entre la hierba recorriendo de este a oeste el jardín municipal, con las manos de uñas diminutas —se las comía— se acomodó el cuello de la casaca de cuero, luego metió lentamente una mano en el bolsillo para buscar el último cigarrillo de la tarde.

Se estaba haciendo de noche...

Haga click aquí para seguir con el cuento en Escritores Peruanos Contemporáneos

.